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Espacios de Salvador Velarde

Domingo, 7 de Diciembre de 2008

Por Élida Román
El Comercio

Óleos y dibujos recientes de Salvador Velarde constituyen la exposición que presenta en la galería Fórum, luego de un período de silencio en el habitual circuito de exhibiciones.

Como ha sido una constante en su pintura, la temática matriz es la aproximación al paisaje. Y prefiero emplear el término ‘aproximación’, en el convencimiento de que lo suyo es lejano a una voluntad de recrear entornos y geografías naturales, sino encontrar en estas representaciones la posibilidad de significados, conceptos y emociones que hablen y comenten sobre una realidad más totalizadora, en que el involucramiento humano se confunda, luche y, en alguna forma, se fusione, con el resultado de su accionar y sus consecuencias.

En sus conferencias sobre “Paisajes en el arte” (‘Landscape in Art’, 1949, Slade School, Londres), sir Keneth Clark , que encuentra este género pictórico como una gran creación del siglo XIX, explica el surgimiento de la temática, por la confluencia de varios factores propiciatorios. Entre ellos, destaca el de una ‘edad de oro’, símbolo de armonía y orden, que se pretende recuperable y se anhela realizable.

Viendo estas pinturas de Velarde, esta interpretación pareciera ajustarse como válida si la entendemos por su carácter inverso: mostrando el deterioro, el abandono, lo áspero y rudo, la soledad después de un tránsito, enfrentaríamos una realidad producto de presencias y malestares no deseados. No solo la tierra, la piedra y la vegetación muestran este aspecto triste y fatigado. Los cielos pueden ser amenazantes, cargados, inflamados. En ellos la luz pareciera contenerse y no poder alcanzar al polvo. Un oro-rojo velado, que recorre sutilmente las imágenes, tiene una fuerte carga simbólica que sugiere dolor y agresión.

Estos conjuntos, sin embargo, nos recuerdan el esplendor romántico de otras épocas y otras posibilidades. Frescura, vida, aire son recordados por ausencia, limitados por esta lograda densidad dramática.

En sus dibujos, el autor busca una precisión académica notable.

Sin duda a nuestro artista no le interesa la sumisión a preceptos estéticos de nueva data. Le basta con los elementos clásicos y los maneja de modo tal, que son válidos para su discurso, en que la denuncia del abandono ecológico, la indiferencia ante el avance de contaminaciones y el descuido ante los cambios de la naturaleza, encuentran un claro lenguaje, sin retórica estridente ni reclamos agrios.

Elocuentes, en tal sentido, son esas piedras tan vulgares y patéticas, o esas laderas rugosas.

Ajeno a vanguardias técnicas, entregado a una tradición expresiva que ya tiene siglos, Salvador Velarde es un caso aparte de los vaivenes y de las polémicas sobre técnicas y nuevas formas. Y sin embargo, lo suyo responde a una absoluta actualidad y un total interés comunitario. Interés y responsabilidad que asume no solo en su arte, sino también en la acción que con él efectúa en ese estupendo espacio (paisaje) creado para llevar adelante su propia batalla por lo humano.

En otro tiempo y en otro lugar

Jueves, 4 de Diciembre de 2008

Por Alberto Revoredo
El Comercio

“En Pachacámac el tiempo se diluye, tiene otra organización. No hay etapas, diez años pueden ser un día”, cuenta Salvador Velarde. La frase desencadena una interesante situación: de pronto, son mis segundos los que empiezan a estirarse, contagiados por esa idea, y mientras el artista sigue hablándome de su trabajo, me quedo atrapado entre esas comillas.

Está claro que la potestad de engatusar manecillas le abre un abanico de posibilidades, algunas de las cuales se traducen en sus cuadros. Lo primero que llama la atención es la ausencia de personajes (salvo en uno); y, sin embargo, existe la sensación de que hay algo o alguien escondido en algún lugar. Eso se debe quizás –intenta explicar el artista– a que ha trabajado con muchas capas: “Hay cuadros que comencé a pintar hace cinco años (algunos en los años 90 inclusive). Los dejé, los retomé, a veces sobre mojado, otras veces ya secos. No pienso mucho en eso, sino en lo que me voy encontrando cada día”.

Sus motivos parten de escenarios reales, los cuales aprisiona en bocetos para luego liberarlos en su taller. Pero lo que plasma sobre estos lienzos dista mucho de cualquier intento figurativo. Previo ejercicio reflexivo, el artista desciende al mundo abismal de los sueños, bucea en el subconsciente (donde los paisajes tienen más de un significado) y emerge reencarnado en una insurrecta esponja que expulsa “Paisajes abstraídos” con luz y tierra.

¿Pero por qué en los formatos grandes los paisajes resultan más agresivos que en los pequeños (además de que se agrupan en salas diferentes)? Para encontrar la respuesta a eso, debemos regresar a Pachacámac, que es donde Velarde vive desde hace ya algunos años, cuando se cansó del ritmo citadino (¿será por eso que sonríe tanto?).

“Donde yo trabajo las témperas en mi taller es un lugar más íntimo, más acogedor. Pinto en una mesa, con una pequeña lámpara y un pincel muy fino; en cambio, para los otros cuadros uso un caballete y doy pinceladas grandes. Son dos actitudes distintas al pintar. Dos universos”, explica el artista.

Conforme se extingue la conversación, mi tiempo recupera sus segundos. Sin embargo, las partículas de un inesperado reloj de arena han quedado sumidas en una profunda crisis de identidad. Ahora solo anhelan liberarse de su recipiente para integrarse a los cuadros de Velarde.

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